Este es mi café favorito

Padre Sergio

Queridos hermanos con el gusto de siempre les quiero compartir este bello testimonio. Ustedes saben que a mí me encanta platicar con ustedes; aprovecho antes y después de la Santa Misa, así como cuando me invitan a sus casas, o en cualquier momento que se pueda, y fíjate, quiero contarte algo muy bonito que me tocó vivir.

Hace unos días estaba terminando de presidir la Misa, y una viejecita se me acercó y me comentó que ella reza mucho por mí y después me pidió de una manera muy dulce la bendición de Dios Nuestro Señor, a lo cual, yo acepté con muchísimo gusto y cuándo le dí la bendición ella hizo como que me iba a dar dinero y yo le dije no, que mejor me invitara un cafecito en su casa, y esta tierna abuelita de manera muy amable y sencilla me dijo que me invitaba de todo corazón, pero que vivía muy pobre, así es que yo le dije que no pasaba nada, que para mí era todo un gusto poder acompañarla.

Y querido hermano/a, fíjate que entré a la casa más linda y bendecida en la que he estado, una casa muy humilde ciertamente, pero fantástica, tenía una cocinita muy pobre, en el centro estaba su fogón, el cual por cierto estaba encendido; y en lo que ella preparaba el café me sonrío y arrimó dos botes, a manera de banquitos, para sentarnos, y ahí probé uno de los más suculentos cafés que he disfrutado en toda mi vida.

Pero sin duda lo más maravilloso de todo fue la plática y el cariño, me contó toda su vida desde su infancia, cómo conoció a su esposo, que por cierto me dijo había sido el hombre más fantástico de todo el mundo, hasta me enfatizó: “de esos ya no hay padre, el molde se rompió”; recuerdo que sus ojitos se pusieron vidriosos, como con ganas de llorar al contarme lo increíble de ser madre, de cómo sus hijos la habían hecho tan feliz y la dicha de tener unos nietos tan buenos y alegres. Me acuerdo que nos reímos tanto cuándo me contaba las cosas bonitas que había vivido, me emocionó mucho cuando me narraba con tanto gusto las peripecias de su vida, todo lo que sufrió para sacar a su familia adelante, como cuándo para que su último hijo se titulara tuvo que vender la estufa, y a escondidas las botas favoritas de su marido, hehehe… A cada momento me daba cuenta que su vida la había disfrutado mucho y recuerdo que terminó con un: ¡Dios ha sido tan bueno conmigo! Y por todo eso en definitiva hizo que ese fuera el mejor café que he probado en mi vida.

Y fíjate, te he compartido este bello testimonio de alegría, vida y sencillez para darte una enseñanza muy valiosa. Yo no sé tú pero últimamente he escuchado muchas quejas, excusas y reproches de personas que me dicen que no son felices porque no tienen lo suficiente o porque les falta quién sabe que cosa, y otras gentes se la viven hablando de dinero, no sé, todo eso me entristece mucho. No entiendo entiendo porque muchas personas piensan que necesitan muchos vienes materiales para ser felices, o cuántos anhelan lo que otros tienen. Y lo que más me saca de onda es que son solo deseos materiales, y se olvidan de Dios, de la familia, de las anécdotas bonitas, de las cosas que alimentan el alma y que fortalecen el espíritu.

Una cosa si te digo confianza, para ser feliz no se necesita el dinero, ni mucho menos tener todas las riquezas, una casa elegantísima, claro que no, simplemente se necesita querer ser feliz, recuerda el momento mágico que viví con esta viejecita, en una casa que ni piso tenía… Si quieres ser feliz mejor ponte a pensar en todas las bendiciones que hay en tu vida, has un inventario de tu familia tan fantástica, del maravilloso lugar en dónde vives, de tus amigos, siéntete feliz y agradecido por todo lo que has vivido, dale gracias a Dios porque nunca te ha dejado solo, haz todo esto y verás que serás la persona más feliz del mundo.

Y fíjate que yo el otro día frente al santísimo me puse a pensar en todas las personas que rezan por mí y me puse a llorar de alegría, sentí que Papá Dios me decía: “Hey Sergio, cuántas personas te quieren, mira cuántas bendiciones te he dado… y tú vienes a mí y te quejas de cosas tan pequeñitas…” Fue una de esas veces en que mi buen Jesús me llamó la atención con amor y me puse a llorar, tenía razón…

En fin hermano solo te quiero recordar que los momentos bellos de la vida son casi siempre los más sencillos; por cierto no te conté que la taza en la que estaba tomando mi café con esta abuelita era una taza toda quebrada de arriba, pero que al usarla tanto hasta bonita se veía.

Aprovecho también para recordarte que si queremos ser felices debemos dejar los resentimientos en el pasado, sacar el odio de los corazones, dejar a un lado los prejuicios y debemos luchar por ser personas de paz y no de odio, por comprender y no enjuiciar, para ser pacientes y no explotar a la primera provocación, para que seamos mansos de corazón y no arrogantes, ni mucho menos altanero con los demás. Ama, aprende a amarte como eres, con lo que tienes, ama a tus amigos como son, no trates de cambiarlos, ama a tu pareja como es y verás que ese amor que se tienen los ayudará a salir adelante, esfuérzate por mejorar, por ser una buena persona. Pero lo más importante, acércate a Dios, haz oración, y descubrirás que la vida es fantástica!!!

Aprovecha hoy a tu familia, no vaya a ser que después sea demasiado tarde y te lamentes, y digas: “no le abracé, no le dije que le quería, no le perdoné”. Ánimo no te tomes la vida con tanta seriedad, no te enojes por cualquier cosa, mejor ponte a sonreír, nos vamos a morir y nuestra verdadera vida está allá arriba en el Reino de los Cielos, por lo tanto, relájate y, no te fijes tanto en lo que no tienes, más bien, fíjate en lo que si tienes, te darás cuenta de que eres la persona más rica del mundo y la más bendecida, ¡Ánimo! Comienza a ser feliz.

Y ya sabes, si algún día me vez, invítame a tomarme un café, recuerda que no me importa que sea la mesa más pobre, pero lo que sí me importa es que sonriamos, que oremos y que nos manifestemos con cariño, amor y ternura. Que el Señor te bendizca y recuerda: “La vida junto a Jesús es fantástica”.

Esta es la verdad de cómo pierden el tiempo los sacerdotes católicos

Siempre he pensado que la vida de un sacerdote es breve, no porque Dios nos llame pronto, sino porque estamos tan ocupados que un día es como un suspiro.

Ayer me la pasé desde las 7 am confesando, creo que en total confesé como unas ocho horas. En cuanto salí de la sacristía y vi a todas esas personas lo primero que pensé fue: “Hoy no voy a desayunar, y creo que ni a comer”, parecía misa de domingo, pero en realidad estaban esperando reconciliarse con Dios.

Me senté a confesar y mientras pasaban las horas me sentía presionado por todas las personas que tenía, me daba pena que estuvieran esperando tanto tiempo y además sabía que vendrían para llevarme a visitar a dos enfermos, luego me buscaría una persona para dirección espiritual… sentía que iban a llegar ya y yo no acababa de confesar, pero afortunadamente alcancé a reconciliar a todos, es más, justo cuando la última persona se puso de pie para irse iban llegando por mí los familiares del enfermito, creo que mi Dios acomodó todo en bien de estas personas que necesitaban su amor, ya que no creo en las coincidencias, sino en las “diocidencias”.

En cuanto acabé hable por teléfono a un amigo que me había llamado y mensajeado varias veces, cuándo le hablé me cuestionó que qué estuve haciendo y fui bien sincero: “Tuve un día muy ajetreado, casi ocho horas confesé, sequé lagrimas y saqué sonrisas”. Y él muy espontáneo me respondió: “Pues lo único productivo fue que te inventaste una rima”.

Pero eso no es todo, después encontré a alguien más y me preguntó cómo había estado mi día y le dije que fue simplemente genial, luego me interrogó por lo que hice y le dije que había estado confesando casi todo el día, visité a dos enfermos y di una dirección espiritual, le expliqué que estaba muy contento porque todos ellos llegaron buscando a Dios y yo traté de ayudarles… pero él igual de espontáneo como el otro me dijo: “Uh, entonces perdiste todo el día, qué pena…” Pero a este sí le respondí: “Pues que manera tan bonita de perder mi tiempo, muchas personas me compartieron su vida, lloraron conmigo, y juntos le pedíamos a Dios que los ayudara, me siento con el alma llena”.

Me sorprendieron mucho sus reacciones, no porque minimizaran lo que hago, sino porque dos personas tan cercanas a mí, que soy sacerdote, en menos de una hora me habían dicho que gastar mi tiempo escuchando, llevando la gracia de Dios y tratando de dar esperanza lo consideraban una pérdida de tiempo.

Afortunadamente para mí fue un día de los mejores de mi vida, de esos que me quiero llevar en el corazón cuando Dios me llame, lo recordaré como el día que “casi me desmayo al ver a tantas personas esperándome, y yo sin desayunar, pero que al final de las casi ocho horas que confesé, sequé lagrimas y saqué sonrisas”.

Al terminar el día, mientras rezaba el Santo Rosario le decía a la Virgen: “Me encanta perder el tiempo de esta forma” y también le di las gracias por todos los sacerdotes que son criticados por sus feligreses porque según ellos solo pierden el tiempo, pero no se dan cuenta de todo el bien que hacen.

Por cierto, sí alcancé a desayunar, una feligresa me llevó unos tamalitos bien ricos y comí muy a gusto con el enfermito y su familia, no cabe duda que Dios me cuida mucho y hasta preve mis comidas.

Padre Sergio

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