¿Por qué oramos con las manos juntas?

La oración exige una adecuada posición de las manos.

En la antigüedad cristiana se acostumbraba a levantarlas, en postura de ofrecer o de recibir. Tal es la actitud de los orantes, como vemos en los frescos de las catacumbas romanas y que todavía hoy se observa. El sacerdote en algunos momentos de la misa levanta sus manos.

Posteriormente se introdujo el uso de las manos juntas. Las manos juntas recuerdan el gesto tan antiguo de atar las manos a los prisioneros (acción que aún se conserva hoy con las esposas). Es por esto que los que iban a ser martirizados iban con sus manos juntas y en esos momentos, con toda seguridad oraban.

En el mundo romano, un  capturado podía evitar la muerte inmediata adoptando esta postura de las manos atadas, como en actitud de suplica, pidiendo piedad; hoy este gesto se ha sustituido con el gesto de izar una bandera blanca para expresar rendición.

Se sabe también que en la Edad Media, los vasallos prometían fidelidad a los señores feudales uniendo las manos. Por esto el cristianismo asumió el gesto como signo de la obediencia total del hombre a la autoridad de Dios y las manos unidas pasaron a expresar la sumisión del hombre respecto a su Creador.

Este gesto se conserva hoy en el rito de ordenación: el  ministro ordenado pone sus manos juntas entre las manos del obispo.

La actitud de tener las manos juntas es también el gesto de uno que se concentra en algo, que interioriza sus sentimientos de fe. Es la postura de unas manos en paz y no "distraídas" en el momento de orar.

Además las manos juntas es señal de que se es consciente de estar en la presencia de Dios; por tanto es un gesto de humildad, de actitud orante y confiada.

Es el gesto más apropiado a la celebración litúrgica cuando las manos no deben emplearse de otra manera en otros ritos. Y finalmente es la mejor postura a la hora de ir a comulgar.

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