“Padre, detesto a la gente feliz”. Una conversación que me impactó

En mi vida me he encontrado con miles de personas, siempre he sido muy sociable, me gusta hablar, saludar, hacer reír un poco, y ahora como sacerdote estos encuentros han aumentado mucho, tengo la dicha de participar en los momentos más grandes de las personas, desde los más alegres como el nacimiento de un hijo, el matrimonio de unos enamorados, las celebraciones de cumpleaños y muchas otras acciones de gracias; así como en los momentos tristes: enfermedad, tristezas, depresiones y muerte…

Puedo decir que he oído y visto muchas cosas, buena y malas. Francamente nunca me he espantado demasiado, porque en mi propia vida he gozado la misericordia de Dios, sintiéndome perdonado y amado por Dios a pesar de mis debilidades, así que entiendo que todos tenemos nuestro momento para corregir y cambiar; simplemente los encomiendo a Dios, sé que sus tiempos son perfectos, que escribe en renglones torcidos y que al final todos terminaremos con Él.

Pero hace una semana me ha impactado algo que escuché a una persona que conozco desde hace muchos años, tenía mucho que me pedía un tiempo para platicar y ese tiempo se llegó, nos encontramos, me contó sobre un negocio que puso y lo bien que le va. Todo iba bien hasta que me dijo que tenía un empleado muy eficiente y estaba muy contento de tenerlo, pero para que fuera perfecto todavía debía quitarle un defecto: 
- “A qué bien, y ¿qué es lo que quieres cambiarle?”
- “Se ríe mucho, siempre anda feliz, le tengo que quitar esa sonrisa de la cara”.
- “Perdón, no te entendí, ¿por qué si es tan bueno le quieres quitar la sonrisa?”
- “Detesto a la gente feliz, la vida no es para andar sonriendo como si todo fuera tan fácil, ya le he dado unos buenos sustos pero aún sigue muy alegre, lo voy a amenazar con despedirlo, verás que se le va a quitar rápido esa carita de felicidad”.

Quedé completamente frío, aunque intenté explicarle que todos tenemos derecho a ser felices y que su actitud hacia esta persona no era muy cristiana terminó diciéndome: 
- “Pues mira, serás muy el padrecito, pero las cosas se hacen a mi modo, si a mi esposa le quite esa tonta sonrisa, verás que haré lo mismo con este”.

Francamente no lo podía creer, sé que hay personas que hacen sufrir y que lastiman pero nunca había pensado que lo hicieran de forma consciente, siempre rezaba y le pedía a Dios que se dieran cuenta del mal que hacían, pero ahora también debo rezar por los que conscientemente deciden lastimar, humillar y maltratar a los demás. 

¡Tengamos cuidado, la envidia no tiene límites! En el fondo esas ganas de quitarle la felicidad son pura envidia, como él no puede sonreír, ni disfrutar la vida, ni ser feliz, erradamente decide quitarle lo que él no puede poseer. Nunca permitamos que la envidia nos haga desearle el mal a los demás, mejor pidámosle a Dios serenidad y sabiduría para estar satisfechos con lo que tenemos.

“Padre bueno, cariñoso y cercano, qué triste es cuando vivimos cegados, deseando el mal a los demás, sin querer cambiar, poseídos por la envidia y actuando en contra de nuestros hermanos. Toca el corazón de los que desean ver hundido y humillado a su hermano, recuérdales tus palabras: "Lo que hiciste al más pequeño de mis hermanos a mí me lo hiciste" (Mt 25,40). Y de manera muy especial te pido por quienes conviven con personas tóxicas, envidiosas y perversas, dales sabiduría para que se alejen y mejor elijan rodearse de personas que quieran su bien, y si no pueden tomar distancia hazles sentir tu amor, tu fuerza y tu paciencia para sobrellevar santamente estas situaciones tan difíciles.”

Padre Sergio

¡Déjame tu comentario!