Orar no es una obligación, es una necesidad

Necesitamos la oración. Hay personas que quieren rezar porque sienten que deben hacerlo. Pero va más allá. Rezar no es una obligación. Se trata más bien de una necesidad. La oración es un descanso, es un encuentro con Dios que nos llena de paz y de luz.

Necesitamos que nos cuiden, que nos den paz y alegría. Necesitamos descansar, que nos quieran. Nos hace bien a todos ser cuidados. La oración es una oportunidad para descansar y dejar que Dios nos cuide.

Cuánta paz cuando una persona se encuentra junto a Jesús, descansa en Él, recoge sus palabras y sus silencios. En esos momentos la persona se sabe muy querida, se siente feliz a los pies de Jesús. Me gusta esa santa intimidad. Un diálogo lleno de silencios. ¡Cuánta paz!

No todo puede ser acción en mi vida. Necesito recogerme. Volver a lo más mío, a mi interior. Necesito quedarme a los pies de Jesús. La oración honda me hace más niño, más humilde.

El papa Francisco decía: “Cuando nos dejamos elevar a la atalaya de la oración, a la intimidad con Dios para servir a los hermanos, el signo es la humildad”.

Desde el corazón de Jesús aprendo a mirar a los demás con humildad. En la oración aprendo a sentirme niño desvalido. Dios me cuida.

El otro día leía: La auténtica oración tiene lugar cuando logramos encontrarnos en presencia de Dios. Entonces cualquier pensamiento se convierte en padre de una oración y las palabras resultan superfluas. Esta oración es absorbente. Una vez que la has experimentado, no puedes olvidarla nunca. Y no me refiero a ninguna gracia mística extraordinaria. Me refiero únicamente a la conversación con Dios, al desbordamiento espontáneo del alma que ha llegado a darse cuenta de que es un niño pequeño a los pies de un padre amoroso y providente”[1].

Una oración que pacifica el alma. Me abrazo a Dios. Confío en Él. Me dejo llevar. Dios sostiene mi vida. Esta oración es una gracia que pido cada día.

A veces la oración puede apartarme de hacer cosas. Tal vez es que necesito descansar y dejar mi alma en Dios. Eso es lo que importa. Dios me sostiene. Yo me vacío de todo lo que me pesa, también de mi acción. La oración se convierte entonces en descanso del alma.

Sin oración no es fecunda mi entrega. El servicio sin oración me hace activista. Y la oración sin acción me puede hacer egoísta. Me encierra. Me aísla. Sueño con ese santo equilibrio entre la oración y la acción.

[1] Walter Ciszek, Caminando por valles oscuros.

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