Conmovedora historia de un hombre que no creía en Dios

Cuentan que don Macario era un hombre muy trabajador desde niño, a los 13 años ya vendía paletas de hielo en la calle: “Pásele cómpreme una paleta”. Y tan bueno era con el negocio que a los 16 logró una paletería en la plaza grande del pueblo.

Además tuvo la gran suerte de conocer a los 17 años, y en su misma paletería a doña Gracia con quien se casó en menos de un año. Fue un matrimonio muy bonito, todos en el pueblo envidiaban la suerte de doña Gracia, su esposo la amaba mucho y hablaba maravillas de ella: “Uy, este arroz esta bueno pero es mejor el de mi mujer… Si mi niña hubiera venido seguro que hasta el cielo estuviera más azul...”

A los 30 tenía nueve paleterías y mucho dinero, pero a pesar de eso nunca dejó de ayudar a quien lo necesitaba, su propio terreno lo regalo para que hicieran casa sus trabajadores… Además de que buena parte se la gastó en prestamos que él mismo sabía que no regresarían...

Pero no todo era maravilloso, don Macario no conocía al Señor...

Tuve la suerte de tratarlo un año antes de morir, desde que llegué a la parroquia era el primero en misa de siete, llegaba tempranito con su tanque de oxígeno, era el más atento a pesar de sus 72 años y un cáncer terrible en los pulmones, siempre me saludaba: “Padrecito, buenos días, hay le encargo que cuando tenga al patrón en sus manos pida por mí”.

No sabía su historia hasta que él mismo me la contó el día que le llevé los santos óleos:

“Usted no me conoce bien padre, durante tantos años me alejé y renegué de Dios. Pensaba que Dios era sólo para los débiles, para los flojos que puros milagros piden, para las mujeres...

Los problemas de mi casa siempre fueron que mi niña quería llevarme a la iglesia y yo nunca quise. Nunca fui capaz de acompañarla y menos de educar a mis hijos en la fe, la verdad, y no se ofenda, me caían mal los curas.

Pero agradezco a Dios que lo encontré al final de mi vida. Cuando me detectaron cáncer no tenía a nadie que reclamarle más que a Dios y me fui a pelear con Él al sagrario, me da mucha pena decirlo pero le levanté la voz, durante una semana fui varias veces a reclamarle y me di cuenta de que cuando iba a verlo salía en paz, y pensé: “Si Dios me tranquiliza cuando me enojo, ¿qué no hará cuando me hinque y le rece?

Así fue como supe que Dios si lo ayuda a uno. Apenas 15 meses que conozco al Señor y desde ese día nunca me alejé de Él. Recuerdo una vez que mi mujer iba a rezar el rosario y le dije: “Vámonos, se nos hace tarde”, la pobrecita me vio y tenía ganas de llorar de emoción.

Hasta hace poco me arrepentía de que tardé 70 años en acercarme a Dios, pero me consuela tanto una vez que usted nos dijo: 'El Señor llama a unos en la mañana, a otros en la tarde y a muchos en la noche y a todos los ama por igual'”.

Don Macario murió en mis manos después de orar con él y desde ese día cada que me dicen: “Padre, no sé cómo hacerle para que mi hijo, amigo, conocido se acerque a Dios, no tolera siquiera que le hable de Él, menos que lo lleve a misa”, entonces sonrío y me acuerdo de don Macario a primera hora de la mañana con los ojos brillantes de emoción porque había ido una vez más a misa, nunca perdió la emoción ni en los últimos días que tenían que llevarlo sus nietos en silla de ruedas; ¿quién pensaría que don Macario hace solo año y medio no quería saber nada del Señor?

Cuando lo visité para darle el santo Viático parecía que estaba con un santo… ¡No pierdas las esperanzas! El Señor sabe el tiempo, el lugar y la forma de acercarnos a todos a sus brazos, ten paciencia y ánimo, los caminos del Señor son perfectos, y a todos nos llega la hora de recorrer su santa senda: “El Señor llama a unos al amanecer, en la tarde o en lo profundo de la noche...”

Padre Sergio

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