Jesús te está esperando en el sagrario

Durante el par de semanas que estuve en Japón nunca descuidé mi celebración eucarística diaria, trataba de aprovecharla porque sabía que durante el día no tendría mucho tiempo de orar.

Los días se iban muy rápido, entre la emoción de estar en un país tan lejano con costumbres tan diferentes, como saludar con reverencia, andar sin zapatos y la sorpresa de la comida, pescado crudo, mermelada dulce de frijoles... además tener un horario bien apretado y muchas cosas que hacer.

Reconozco con tristeza que en todos esos días nunca me di tiempo por hacer una buena visita a Jesús Sacramentado, me limitaba a pasar por las capillas que encontraba y lo saludaba:

Hola mi buen Jesús, gracias por cuidarme, dame tu bendición para que todo salga bien.

Fue el último día, cuando tenía que regresar a México por la noche, que un hermano me preguntó:

– ¿Ya visitaste la catedral de Tokio?

Y es que aunque estaba tan sólo a unas cuadras no se me había ocurrido ir a visitarla, así que pensé que no me haría mal ir, además podría aprovechar para hacer una buena visita al sagrario para estar con Jesús, después de todo en 20 días no había ido a conversar con Él tranquilamente.

La catedral de Tokio es como todo Japón, sobria e impresionante, es una cruz que baja del cielo y abre sus brazos para cobijar a sus parroquianos. Al llegar pregunté en dónde se encontraba el sagrario y me dirigí allí, quedé asombrado por su calidez, era muy acogedor, afuera estaba todo congelado y lleno de nieve, pero adentro parecía que la suave presencia nuestro Señor nos abrazaba con su amor.

Me quite los zapatos como es costumbre y una religiosa muy amable me pidió que tomará un papelito, los católicos japoneses acostumbran hacer unos papiros finamente enrollados con frases bíblicas o de santos.

Delante de Jesús le agradecí permitirme visitarlo, aunque con cierta culpa por haberme alejado esos días limitándome a la santa misa:

- Amigo Jesús, por fin estoy aquí, había tardado en venir, pero sabes que te llevaba presente y que agradezco tu compañía y protección. Sé que todo salió bien gracias a Ti.

Después de unos momentos de rodillas me senté, desenrollé y leí mi papelito:

- “Me alegra tanto que vinieras a verme...”

El corazón se me llenó de alegría, me sentía como el hijo pródigo que sólo después de hacer todas sus cosas regresó a su padre y fue recibido por él con los brazos abiertos y una gran sonrisa y me reproché:

Sergio, tu Padre Jesús te estaba esperando, y tú te hiciste el importante y ocupado… Él te ama, ¿no te has dado cuenta? ¿Por qué no viniste antes?

Me puse de rodillas y le agradecí sus palabras llenas de cariño y toda la paciencia que ha tenido a lo largo de mi vida, más de alguna ocasión dejé pasar días o meses sin visitarlo, limitándome a cumplir con la misa.

Cada que recuerdo ese día me lleno el alma de emoción, me quedé allí con Jesús, sin hacer ni decir nada, solo mirándolo y dejándome mirar, desde ese día hago el esfuerzo por ir a visitarlo y es que cómo negarme si le “alegra tanto verme”.

Hermana/o, no cometas el mismo error que yo, no seas un hijo que deja a su padre sólo en el sagrario, aprovéchalo, date unos momentos durante el día, visítalo, no importa que no sepas cómo orar o qué decirle, Él simplemente quiere verte, recuerda que eres obra de sus manos, Él se alegra con tu presencia, y cuando estés delante de Jesús Sacramentado pon mucha atención y fe, verás que te dirá:

– “Me alegra tanto que vinieras a verme...”

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