Cuando vayas al sagrario, saluda a Jesús de mi parte

A diario recibo correos de todas partes del mundo.  Lectores que de una forma u otra se han sentido tocados por alguna palabra que leyeron en mis libros y han podido salir de un atolladero, una dificultad o un momento difícil en sus vidas. Tal vez, sencillamente los ha animado a buscar un mejor camino, la cercanía de Dios.

Yo sé bien quién los ayudó. Por eso los envío de inmediato con el buen Jesús.

Tengo muy presente, siempre… que “es Él”.

Ya lo conozco. Y me sonrió de alegría al comprobar cuánto nos ama.  Y lo especiales que somos para Él.

“Gracias Jesús por amarnos como somos, y ser un gran amigo”.

Un día le dije a una de estas personas:
“Ve al sagrario y agradece al buen Jesús. A Él se lo debes todo”.

Lo detuve un segundo. No sé por qué, me nació decirle:
“¿Puedo pedirte un favor? Salúdalo de mi parte”.

Desde entonces cada vez que alguien me agradece por mis libros hago lo mismo.

De pronto, no sé cómo, empecé a recibir correos de España, Costa Rica, México… en los que me decían: “Fui al sagrario para estar con Jesús. Y le dejé tus saludos Claudio”.

¡Era sorprendente!

Me imaginaba la sorpresa de Jesús en aquél sagrario.  Y su gran sonrisa por esta ocurrencia. Buscaba hacerle saber que lo llevo conmigo siempre en mis pensamientos y quería arrancarle una sonrisa de alegría, que no se sienta solo, que sepa que tú y yo lo amamos.

Ayer justamente fui a un retiro en la Parroquia Nuestra Señora de los Ángeles, donde me invitaron a hablar del Sagrario. Fue una tarde maravillosa, con Eucaristía y procesión del Santísimo Sacramento. Debes saber que me cuesta mucho hablar ante las personas. Escribir es más sencillo. Un oficio solitario. Te sientas frente a la pantalla del computador y listo. Pero hablar delante de las personas…

Les conté algunas anécdotas con Jesús.  Y los invité a no dejarlo solo.

Cuando me marchaba, entrada la noche, una señora se me acerca y me dice:
“Sabe, acabo de estar con Jesús en el sagrario, le dije: Claudio te manda saludos”.

Sonreí de pura alegría. “No sabe cuán agradecido estoy”, le respondí.

Recientemente recibí un regalo inesperado. Y quisiera compartirlo contigo.

Un sacerdote me escribió por wasap preguntando si podía llamarme.  Lo conocí una vez que pasó por Panamá y me pidieron atenderlo, lo que hice con mucho agrado. Desde entonces nos escribimos. Él vive en Guayaquil, Ecuador.

Me contó de un amigo suyo que lo invitó a visitarlo en Quito.  Le pagó el pasaje y nuestro sacerdote pasó una tarde con este amigo, compartiendo, brindándole consejos y ayuda espiritual.

De pronto, en medio de la charla su amigo le comenta:

“Sabes, cada día hago un desvío de media hora cuando voy al trabajo para visitar a Jesús en el sagrario. Está en una capilla muy bonita. Ayer justamente fui y antes de marcharme, le dejé saludos de un tal Claudio que escribe en Aleteia”.

Mi amigo sacerdote abrió los ojos de par en par, impresionado y río a gusto.

“Es increíble… Ese Claudio es amigo mío. Lo conozco”.

Ya puedes imaginar el resto de la conversación, en medio de risas y sorpresas.

Cuando me contó exclamé sorprendido: “No puede ser… ¡Qué maravilla!”  Y ambos reímos felices, por la bondad y las alegrías que nos da el buen Dios.

Antes de cerrar, le envié un abrazo muy cordial a su amigo en Quito, agradeciéndole por amar tanto a nuestro Señor.  Sé que él está leyendo estas palabras y lo animo a seguir visitando a Jesús.

“Ámalo mucho. Ámalo más”.

Y ti igual, te pido que no lo dejes solo y cuando vayas dile:
“Claudio te manda saludos”.

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Te invitamos a leer los libros que inspiran, de nuestro autor, Claudio de Castro

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